La ineficacia del sistema capitalista, y posibles grietas de actuación

“Podemos imaginar antes la destrucción del mundo (tipo explosión Big Bang), que la destrucción del sistema capitalista” 

Trabajar en la utopía requiere esfuerzo, Trabajo y dedicación. La transformación consciente requiere voluntad de mejorar. 

Trabajar en la distopía no exige tanto esfuerzo. Acarrea la espectacularidad de la ruptura y la belleza de la destrucción. Supone un cambio radical, sin voluntad de mejora, sino víctima de las circunstancias. 

La distopía resulta atractiva en nuestra forma social de acomodamiento, de pereza ante el cambio. Mirar lo que sucede en el mundo des del bienestar de nuestras casas. Entonces soñar con una explosión a lo Big Bang se convierte en una imagen romántica agridulce. Cambiar el sistema capitalista es posible, pues no representa en realidad más que unos escasos 120 años de nuestra historia como especie, venimos de otras formas de organización, no necesariamente buenas ni malas, sino otras. Y ese otro plantea que hay opciones, siempre las hay. 

Entonces seguimos poniendo la tele para ver Walking Dead, The Day of Tomorrow o Soy Leyenda, un sinfín de películas, series y documentales que nos hacen soñar con un mundo humano sumido en el caos por culpa de desastres naturales, aliens, zombis y otras catástrofes de enormes magnitudes. La gratificación es casi instantánea, porque no nos exige ninguna implicación, imaginar sin dejarse la piel en ello, sin coste alguno, exceptuando el pagar correspondientemente la cuota mensual de Netflix, claro.  

Imaginar la utopía colectivamente es complicado, y exige mucha pero que mucha humildad. Tanto por ser sinceros con uno mismo, cómo para poder respetar las diferencias en los otros. No sé en el fondo, si estamos preparados como sociedad, o si lo estaremos nunca. De hecho, no creo que se esté nunca preparado para el cambio, simplemente se intenta. Pero el capitalismo neoliberal ha demostrado tener una estructura rígida, inmovilizada para los cambios drásticos, y blindada especialmente en sus bases para evitar la destrucción de sí mismo. Lo que sí que estamos viendo últimamente, pero, es como algunos sectores colapsan, y ya no rinden lo que se espera de ellos. Este entonces, resulta el momento clave para atacar, cuando el sistema es débil. Quizá no débil, hay que asumir, pero si ineficaz en algunos aspectos. 

Poco a poco aparecen propuestas que provienen del colectivo, de las necesidades del pueblo, y que se integran con más o menos disimulo a las formas establecidas del sistema. 

Por poner un ejemplo, pienso que el sistema de cooperativas en los barrios de Barcelona, supone una mejoría muy esperanzadora para reactivar un sistema de distribución de alimentos más sostenible para los vecinos. Además de asegurar una calidad buena en sus productos, facilitan la venta de pequeños y medianos agricultores, reactivando así también su economía, muy dependiente actualmente a los tratos abusivos con grandes empresas del sector alimentario (Ejem, MERCADONA). 

Por si fuera poco, estas cooperativas también ayudan a transformar el imaginario de los consumidores. 

Funcionan con una lógica distinta de consumo que las de los supermercados. 

En primer lugar, las partidas de alimentos se solicitan con su nombre genérico, por ejemplo, pescado, pero no se especifica el contenido de cada pack. Este contenido dependerá de la disposición de los proveedores, de la temporada etc. También sucede con la fruta o la verdura. Este hecho ayuda a equilibrar la demanda de alimentos, y corta con la mala costumbre de comer alimentos que están fuera de temporada, y que nos llegan de todos lados del mundo para que podamos consumirlos aquí a destiempo. 

Por otro lado, hay una ralentización de los procesos en las cooperativas en el momento en que se sirven los alimentos cada quince días o cada mes. Eso obliga a los consumidores a valorar el alimento que necesitan y a ser previsores para que el alimento deseado llegue en el próximo plazo. 

Así para mi, las cooperativas son iniciativas ciudadanas que han roto en parte formas muy arraigadas de consumo de alimentos en las ciudades, devolviendo la calidad de los alimentos, además de generando un sistema más sostenible entre los agentes implicados (proveedor, consumidor, gestor de la cooperativa…). 

Pero sobretodo lo que me gusta de estas cooperativas tiene que ver con lo reflexionado anteriormente, simbólicamente representan que sí que es posible crear formas alternativas que desmonten por completo las lógicas del consumo capitalista en las ciudades.

Y este símbolo es poderoso, pues es el que demuestra que el capitalismo no es tan eficiente y mucho menos que lo puede controlar todo. 

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